Conflicto Israel-Palestina: Origen, claves y por qué persiste

Oliver Saavedra

Oliver Saavedra

|

6 de abril de 2026

Gente en la playa con barcos, un vistazo al posible origen del conflicto entre Israel y Palestina.
Hablar del origen del conflicto entre Israel y Palestina obliga a ir más allá de una fecha simbólica. La disputa nació de la colisión entre dos proyectos nacionales sobre el mismo territorio, se aceleró con el final del Imperio otomano y quedó marcada por guerras, desplazamientos y decisiones políticas que todavía pesan hoy. En este recorrido ordeno el contexto histórico, las guerras decisivas y los nudos que explican por qué una solución estable sigue siendo tan difícil.

Las claves que ordenan el origen del conflicto

  • No empezó en un solo día: sus raíces modernas se forman entre el final del siglo XIX y el fin del Imperio otomano.
  • La disputa mezcla nacionalismo, territorio, memoria histórica y seguridad, no solo religión.
  • La partición de 1947 y la guerra de 1948 cambiaron el mapa y generaron una gran crisis de refugiados.
  • La guerra de 1967 fue decisiva porque dejó a Israel controlando Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este.
  • Refugiados, Jerusalén, fronteras y asentamientos siguen siendo los grandes temas sin cerrar.
  • La secuencia de guerras e intifadas no creó el conflicto, pero sí lo hizo mucho más profundo y duradero.

Qué estaba en juego antes de 1948

Yo lo resumiría en tres capas. La primera es el final del orden otomano y la llegada del Mandato británico tras la Primera Guerra Mundial. La segunda es el auge de dos nacionalismos que reclamaban legitimidad sobre el mismo espacio: el sionismo, que buscaba un hogar nacional judío, y el nacionalismo árabe palestino, que defendía la autodeterminación de la población local. La tercera es la gestión fallida de esa convivencia por parte de la potencia administradora, que prometió mucho y resolvió poco.

La Declaración Balfour de 1917 respaldó la idea de un hogar nacional judío en Palestina, mientras la población árabe mayoritaria temía quedar políticamente desplazada. A eso se sumaron la inmigración judía, acelerada por el antisemitismo europeo y, más tarde, por el Holocausto, y la percepción árabe de que la tierra, el trabajo y el poder político estaban cambiando de manos sin un acuerdo aceptado por ambas comunidades. La revuelta árabe de 1936-1939 ya mostró que la tensión no era teórica: la disputa estaba madura para explotar.

Si hay una idea que conviene fijar desde el principio, es esta: el conflicto no nace solo de la religión, sino de una disputa moderna por soberanía, territorio y seguridad en un contexto colonial y poscolonial. Con ese suelo ya inestable, la partición de 1947 no podía convertirse en una simple solución técnica. Pasó a ser la chispa de la guerra abierta.

Mapa muestra el origen del conflicto entre Israel y Palestina, con Irán apoyando a Hamás, Hezbolá y hutíes.

De la partición de 1947 a la guerra de 1948

El 29 de noviembre de 1947, la ONU aprobó la resolución 181, que proponía dividir el territorio en un Estado judío y otro árabe, con Jerusalén bajo un régimen internacional especial. La idea, sobre el papel, buscaba cerrar una crisis; en la práctica, dejó insatisfechas a ambas partes. Los dirigentes sionistas aceptaron el plan como base política, pero el liderazgo árabe palestino y varios Estados árabes lo rechazaron al considerarlo injusto.

Lo que siguió fue una guerra civil dentro del Mandato británico y, después, la guerra regional de 1948, iniciada el 15 de mayo, justo tras la retirada británica y la proclamación del Estado de Israel el 14 de mayo de 1948. Para Israel, esa guerra quedó asociada a su independencia y supervivencia. Para muchos palestinos, fue la Nakba, la catástrofe: cientos de miles de personas huyeron o fueron expulsadas y acabaron como refugiadas en Gaza, Cisjordania, Jordania, Líbano y otros lugares de la región.

El armisticio de 1949 no trajo una paz real. Dejó una frontera de facto, la llamada Línea Verde, y consolidó una realidad partida: Israel quedó reconocido como Estado, Gaza pasó a administración egipcia y Cisjordania a control jordano. Desde ese momento, el conflicto dejó de ser una discusión sobre planes y se convirtió en una cuestión de territorio, refugiados y memoria histórica. Y justo ahí empieza la secuencia de guerras que lo endureció todavía más.

Las guerras que ampliaron el conflicto

No todas las guerras tuvieron el mismo peso, pero cada una añadió una capa nueva de dificultad. A mí me parece útil leerlas como una cadena de consecuencias, no como episodios aislados.

Fecha Hito Qué cambió
1948-1949 Guerra árabe-israelí Consolidó el Estado de Israel y generó el gran problema de los refugiados palestinos.
1956 Crisis de Suez Mostró que el conflicto ya no era solo local, sino también regional e internacional.
5-10 de junio de 1967 Guerra de los Seis Días Israel ocupó Cisjordania, Gaza, Jerusalén Este, el Sinaí y los Altos del Golán.
Octubre de 1973 Guerra del Yom Kipur Reforzó la idea de que ninguna solución militar cerraría el problema y abrió paso a nuevas negociaciones.
1987-1993 Primera intifada Puso la ocupación en el centro del debate internacional y palestino.
2000-2005 Segunda intifada Hundió la confianza mutua y endureció la lógica de seguridad en ambos lados.
Desde 2023 Guerra en Gaza Volvió a colocar el conflicto en el centro de la agenda mundial y humanitaria.

Si tuviera que señalar un punto de giro, elegiría 1967. Esa guerra transformó una disputa entre dos proyectos nacionales en un conflicto de ocupación prolongada. A partir de ahí, el problema dejó de ser solo “quién tiene un Estado” y pasó a ser “quién controla la tierra, los cruces, el agua, los asentamientos y la movilidad cotidiana”. Esa diferencia parece técnica, pero en realidad cambia todo. Y por eso la cuestión de los territorios ocupa el centro del debate desde entonces.

La ocupación de 1967 y el peso de los asentamientos

Tras la guerra de 1967, Israel quedó al mando de Cisjordania y Jerusalén Este, además de Gaza, que más tarde viviría otra evolución política y militar. Desde el punto de vista del conflicto, esto tuvo dos efectos inmediatos. El primero fue territorial: las fronteras dejaron de ser solo una herencia del armisticio de 1949 y pasaron a estar atravesadas por una ocupación militar. El segundo fue político: cualquier negociación futura tendría que decidir qué hacer con esos territorios y con la población que vivía en ellos.

Los asentamientos israelíes en Cisjordania y Jerusalén Este se convirtieron en uno de los asuntos más polémicos. No son un detalle urbanístico; son una forma de control territorial que complica la continuidad geográfica de un futuro Estado palestino. Además, cada nuevo asentamiento, carretera o puesto de control añade un problema práctico a la negociación y un nuevo motivo de desconfianza. En la calle, eso se traduce en movilidad limitada, fricción diaria y una sensación de que el conflicto se incrusta en la vida normal.

La resolución 242 de la ONU, aprobada en noviembre de 1967, intentó encauzar la situación con la lógica de “territorio por paz”. El concepto era sensato, pero su aplicación chocó con interpretaciones opuestas: Israel priorizó la seguridad y el reconocimiento; los palestinos reclamaron retirada y soberanía. Desde entonces, la cuestión de los territorios no ha dejado de estar en el centro. Y cuando un conflicto gira tanto alrededor del mapa, tarde o temprano aparece la lista de temas que nadie consigue cerrar del todo.

Refugiados, Jerusalén y seguridad, los nudos que no se desatan

Hay cuatro grandes asuntos que explican por qué este conflicto sigue bloqueado. El primero es el de los refugiados palestinos de 1948 y sus descendientes, un tema que no es solo humanitario, sino también político y simbólico. Para los palestinos, la memoria de las casas perdidas y el derecho al retorno forman parte de la identidad nacional. Para Israel, una vuelta masiva de refugiados sería difícil de conciliar con la definición del Estado como hogar nacional judío.

El segundo es Jerusalén. Para israelíes y palestinos es una ciudad central, pero también un símbolo de soberanía y de legitimidad histórica y religiosa. No se trata únicamente de quién administra un barrio u otro, sino de quién puede decir que tiene la capital, el control de los lugares sagrados y la última palabra sobre el futuro de la ciudad. Por eso Jerusalén es un tema tan sensible: mezcla fe, identidad y poder de una forma explosiva.

El tercero es la seguridad. Israel ha construido su política de defensa sobre la experiencia de guerras repetidas, ataques y miedo a quedar militarmente vulnerable. Los palestinos, en cambio, ven la seguridad israelí como una realidad que a menudo se traduce en ocupación, controles, detenciones y restricciones sobre su vida diaria. El cuarto asunto son los límites del proceso de paz. Los Acuerdos de Oslo de 1993 abrieron una vía de negociación y reconocimiento mutuo, pero dejaron sin resolver justo lo más difícil: fronteras definitivas, Jerusalén, refugiados y asentamientos.

Cuando estos cuatro nudos se cruzan, el resultado es conocido: cada intento de acuerdo avanza sobre una parte del problema y tropieza con otra. Y si no se entiende eso, es fácil caer en una lectura demasiado simple de todo el conflicto.

Lo que suele contarse mal cuando se habla de este conflicto

Una de las simplificaciones más frecuentes es decir que todo empezó en 1948. Es una fecha decisiva, sí, pero no es el inicio real de la historia. Otra confusión habitual es reducirlo a una guerra religiosa. La religión importa, sobre todo en Jerusalén, pero el motor principal ha sido el choque entre proyectos nacionales, apoyados por fuerzas políticas, militares y diplomáticas muy concretas.

  • No es una pelea “antigua” e inmóvil: la forma actual del conflicto es moderna y se va construyendo a lo largo del siglo XX.
  • No es solo un conflicto entre gobiernos: afecta a sociedades enteras, familias desplazadas, ciudades divididas y generaciones marcadas por la violencia.
  • No se explica con una sola causa: hay nacionalismo, ocupación, refugiados, seguridad, religión y competencia geopolítica al mismo tiempo.
  • No se resuelve por desgaste militar: cada victoria táctica suele dejar una derrota política a medio plazo.

También conviene evitar el error contrario: pensar que las narrativas de ambas partes son idénticas. No lo son. Cada comunidad conserva recuerdos, traumas y aspiraciones distintas. Lo útil no es igualarlas, sino entender que ambas sostienen su posición con una historia propia de pérdidas y temores. Por eso conviene corregir las versiones apresuradas antes de sacar conclusiones rápidas. Y una vez hecho eso, lo más práctico es leer las noticias con tres claves muy claras.

Tres claves para no perder el contexto en Gaza, Cisjordania y Jerusalén

  • Si aparece la palabra fronteras, piensa en 1949 y en 1967: ahí está el corazón del problema territorial.
  • Si aparece Jerusalén, piensa en soberanía, símbolos y lugares sagrados, no solo en una capital.
  • Si aparece refugiados, piensa en 1948 y en una herida que atraviesa generaciones.
  • Si aparece asentamientos, piensa en la dificultad real de construir un Estado palestino viable.
  • Si aparece seguridad, recuerda que para Israel no es un argumento retórico, sino una experiencia histórica que condiciona cada decisión.

En historia, pocas disputas se entienden bien si se reducen a una sola fecha. Este conflicto se volvió duradero porque superó la escala de una guerra y pasó a combinar independencia, expulsión, ocupación, resistencia y miedo sobre el mismo territorio. Si uno ordena bien esa secuencia, todo el debate actual gana contexto y pierde ruido; y eso, en un tema tan cargado, ya es una ventaja enorme.

Preguntas frecuentes

El conflicto no empezó en un solo día, sino que sus raíces modernas se forman entre finales del siglo XIX y el fin del Imperio otomano. Nació de la colisión de dos proyectos nacionales sobre el mismo territorio, el sionismo y el nacionalismo árabe palestino, acelerado por el Mandato británico.
La resolución 181 de la ONU propuso dividir el territorio en un Estado judío y otro árabe. Aunque los sionistas lo aceptaron como base, el liderazgo árabe palestino lo rechazó, lo que llevó a una guerra civil y, posteriormente, a la guerra árabe-israelí de 1948, con la creación del Estado de Israel y la Nakba palestina.
Esta guerra transformó una disputa entre dos proyectos nacionales en un conflicto de ocupación prolongada. Israel ocupó Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este, cambiando el problema de "quién tiene un Estado" a "quién controla la tierra y los recursos", con los asentamientos como punto central.
Cuatro temas clave bloquean una solución: el estatus de los refugiados palestinos, el futuro de Jerusalén (ciudad sagrada y capital para ambos), la seguridad para Israel y las limitaciones de los procesos de paz, que no han resuelto las fronteras definitivas ni los asentamientos.

Calificar artículo

Promedio: 0.0 / 5 · 0 calificaciones

Etiquetas

origen del conflicto entre israel y palestina origen conflicto israel palestina causas conflicto israel palestina

Compartir artículo

Autor Oliver Saavedra
Oliver Saavedra
Soy Oliver Saavedra, un apasionado analista de historia, cultura y patrimonio mundial con más de diez años de experiencia en la investigación y redacción sobre estos temas. A lo largo de mi carrera, he tenido la oportunidad de explorar diversas civilizaciones y sus legados, lo que me ha permitido adquirir un profundo conocimiento sobre la evolución cultural y los hitos históricos que han dado forma a nuestro mundo. Mi enfoque se centra en simplificar datos complejos y ofrecer un análisis objetivo que permita a los lectores comprender el contexto y la relevancia de los eventos históricos. Me esfuerzo por presentar información verificada y actualizada, asegurando que cada artículo que escribo no solo sea informativo, sino también accesible y atractivo para todos. Comprometido con la misión de promover un entendimiento más profundo de nuestra herencia cultural, mi objetivo es contribuir a la apreciación del patrimonio mundial a través de contenido de calidad que inspire y eduque.

Comentarios (0)

Añadir comentario